de la educación de hoy
Sin duda, en este siglo XXI, hemos alcanzado el esplendor de las tecnologías de la información y la comunicación. Es interesante todos los avances relacionados con el uso de la tecnología en estos tiempos que se identifican las poblaciones conectadas; unos avances, orientados a la mejoría de la educación y de la comunicación como los teléfonos celulares, llamados “inteligentes” y otros, como el uso generalmente, desregulado de las plataformas sociales y de la inteligencia artificial.
En estos tiempos de las personas conectadas, se ha
vuelto común el lema de que la tecnología nos acerca y al mismo tiempo, nos
aleja por las nuevas adicciones con las cuales debemos lidiar.
El impacto de las tecnologías en la educación, especialmente la de nivel preuniversitario y posuniversitario, ha disminuido todo esfuerzo y se ha orientado a la consulta y la elaboración de trabajos, en todo sentido, automatizados y con escasa o ninguna revisión humana, refiriéndome a las personas responsables.
En una red social que utilizo, encontré una publicación que resume
el tipo de la educación de hoy: “el alumno no quiere esforzarse, el maestro no
quiere problemas y la universidad no quiere perder la membresía”. En el caso de
la educación universitaria privada, los ingresos por la venta de servicios
educativos.
En estos tiempos, ejercer la docencia superior se
vuelve tedioso-peligroso, porque más que espacios de enseñanza-aprendizaje, la
mayor parte de los educandos no quieren esforzarse, en su imaginario coexiste la
percepción de que acuden a un espacio similar al de sus primeros días de
infancia (maternales o centros de educación preescolar) donde pueden “quejarse”
de no tener tiempo porque trabajan y entonces, sus “demandas” son eventualmente,
atendidas para que las mensualidades no cesen, no decaigan, prevaleciendo el mínimo
esfuerzo, pero mejor si es, por ningún esfuerzo; la mayoría de “infantes
mayores” en pregrado y posgrado, quieren obtener las notas mayores sin
necesidad de aprender porque ese no es
el objetivo, solamente el de aprobar y eventualmente alcanzar el grado o el
posgrado académico requerido por el mercado laboral global.
Así de complicado está el asunto, por supuesto que hay
estudiantes que son la excepción de la regla a quienes se visten de color “ocre-medio”. Lamentablemente, esas excepciones suelen sucumbir ante el “fingimiento de
demencia” de las personas que se reflejan como la luna a larga distancia, sin cráteres,
sin lado oscuro, pero que infestan los entornos educativos porque siempre visten
de “ocre-medio”.
Los avances tecnológicos ya no son adminículos en el proceso
de enseñanza-aprendizaje, ahora son docentes virtuales que sustituyen a los
docentes reales porque la exigencia por leer, por resumir, por analizar y por
aplicar, es demasiado, es extenuante, es anacrónico, revestido de obsolescencia
ante la modernidad conectada y envolvente, generalmente desregulada desde las
coordinaciones académicas de los centros de enseñanza superior privada, pero también
pública.
Sin duda, ante esta disfuncionalidad presente y
recurrente de la educación de hoy, una de las opciones que las personas
entendidas en la temática, recomiendan la aplicación de los exámenes orales
para verificar que los esfuerzos de las investigaciones, de los resúmenes, de
las tareas y demás, no son producto del lenguaje máquina (01010101…), sino de
aquellos educandos, mujeres y varones, que sin ser necesariamente conscientes
hoy aceptan realizar poco esfuerzo, a la espera de que sus docentes no quieran
problemas (excepciones confirmamos la regla) y la Universidad se quede
contemplando de manera silente porque ahora, es estos dorados tiempos, a nivel
de la educación privada, aunque no tan distante en la pública, como siempre el
negocio es el negocio (“business are businnes”, como dicen los norteamericanos)
y de momento, nos quedamos con la “sensación térmica” de que con la educación de
hoy, el presente “ocre-medio” se ve difuminado y el futuro… de repente, no avizora
mejoras sustanciales, de momento.
Lo cierto, es que no todos los docentes aceptamos que
no queremos problemas con los educandos que no quieren esforzarse y con la institución
académica que no quiere perder su membresía, pero el dilema de permanecer o
salir del sistema, depende y seguirá dependiendo de reglas académicas claras y
actualizadas para responder con criterio académico a esta conducta común donde “lo
que quiero es el título, el saber no me interesa y quienes enseñan, menos, quiero
que me llamen politólogo-a”, como en su momento enunció una persona participante
en un programa académico. Lo anterior, parece similar al adagio popular que
reza “suerte te dé Dios y el saber nada te importe”. Lo anterior, es una condición triste, desmoralizante, pero es real y por lo tanto, no es ficción o entelequia.
A seguir buscando estrategias que nos permitan que la educación de hoy no siga decayendo, que logremos afrontar el reto y la amenaza que las tecnologías de la información y de la comunicación requieren, con un trabajo concienzudo de cambio planeado que nos permita avanzar, sin sacrificar la calidad y que el proceso de enseñanza-aprendizaje sirva como una experiencia liberadora, como lo mencionó en su momento Freire.
Como recientemente me comentó la connotada educadora y máster Patricia Urtecho: “no se puede enseñar, si no se puede aprender”,
el resumen de la máxima recién registrada queda a su discrecionalidad interpretativa, apreciado
lector-a.
Al cierre:
“Lucho
por una educación que nos enseñe a pensar y no por una educación que nos enseñe
a obedecer”. Paulo Freire
Denis Fernando Gómez Rodríguez
Siguatepeque, Comayagua
Honduras-Centro América
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